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miércoles, 27 de mayo de 2015

Asuntos Prácticos: Amando a la Mujer Salvaje.



Toda mujer lleva dentro una mujer salvaje, al igual que todo hombre lleva dentro un hombre salvaje (aunque Amando al Hombre Salvaje es el título de otro artículo, no éste). Esto quiere decir que hay algo en cada mujer que está muy conectado con la naturaleza, con la pura y espontánea manifestación de su estado natural, primigenio y hasta primitivo, despojado de todo artificio y de cualquier afectación, un sentir instintivo, un agudo sentido de la vida corriéndole por la venas. Como animal que es, en parte, la mujer, puede sentirse a veces cual gata detectando lugares confortables y telúricamente favorables para enroscarse y retozar consigo misma, o acercándose a un cuerpo vecino para recibir calor y ternura, puede como loba aullar a la luna en las noches cálidas de los veranos, o las gélidas noches del invierno, o simplemente correr por la playa, sintiendo las olas en sus pies y la brisa en el cabello como yegua bravía. Quizá seas un hombre leyendo esto, y quizás estés mirando a tu compañera sentada ahora a tu lado, ahora mismo,  ahí la tienes, mandando un whatsapp mientras tú lees esto, y no ves a ninguna loba, ni gatita cariñosa, ni yegua galopante. No te preocupes, espera que se relaje, en algún momento sucederá. Después de la ducha, o comiendo un helado, o paseando despreocupada. Quizá nunca te recuerde la majestuosidad del águila, o la elegancia de la tigresa de Kapurtala, pero si miras detenidamente, sobre todo en estos momentos de relajación y asueto, puede que sus movimientos parezcan los de una tortuga milenaria, o quizá esté más conectada con el reino vegetal y en sus momentos conexión con su alma desprenda un dulce perfume, a azahar o a cantueso, y sea capaz incluso de transformar la luz que la toca, la verás brillar e irradiar energía, pues hay mujeres fotosensibles, cuando son tocadas por la luz, en seguida la irradian, algunas refulgen como pequeñas estrellas. Quizá no veas esto en tu pareja, en tu madre, hermana o amiga. Quizá podrás decir que nunca se relaja.  Si esto es así, invítala a relajarse, crea el espacio y el momento para que pueda despreocuparse de sus tareas y sus quehaceres y ayúdala a que se sumerja en su estado natural, verás surgir ante ti la belleza interior de la mujer salvaje. Si eres una mujer, estás leyendo esto y no eres capaz de detectar a la mujer salvaje que hay en ti, no esperes a que alguien te invite a relajarte, o genere las condiciones para que lo hagas, directamente autorízate a ti misma soltarte el pelo y la tensión y ejecuta un par de ágiles cabriolas por el salón, en pijama y todo.



La mayoría de los hombres tenemos miedo de las mujeres salvajes porque las mujeres salvajes son libres, espontáneas (esto es impredecibles), creativas y dueñas de su sexualidad. Se autorizan a sí mismas a ser cíclicas, en lo hormonal y en lo emocional, y atienden sus propias necesidades desde sus propios recursos, y además, por lo general, se juntan con otras mujeres igualmente salvajes y libres y se despiporran los días de luna llena y se sostienen y se animan unas a otras, y a veces da mucho miedo verlas juntas, porque parecen capaces de cualquier cosa, cualquier cosa, incluso retomar el poder que un día les fue arrebatado y ponerse al cargo de todo este asunto, del asunto de la cultura(en todo lo ancho y largo del termino cultura). A muchos hombres nos dan miedo este tipo de mujeres, en la misma medida en que nos atraen. Algunos hombres eligen mujeres dóciles y domesticadas que hagan sus tareas y no cuestionen nunca su posición de sostenedoras del hogar, y otros tienen una de estas mujeres dóciles en casa, y una amante salvaje para sentir realmente la vida en su estado puro. A algunas de estas mujeres dóciles, cada vez con más frecuencia, se les inflan las narices de tanto agachar la cabeza, y un buen día (en toda buena historia siempre hay un buen día) dan un relincho de rebeldía y se reconstruyen y recomponen y se hacen como nuevas, aunque en realidad no son nuevas, sino que dejan salir a la antigua matriarca primigenia que vivió siempre en su interior y la dejan relucir y expresarse libremente en sus vidas, y los hombres que las sometían se rasgan las vestiduras, y se arañan la cara y lloriquean, cuando no hacen verdaderas locuras y crueldades por puro miedo e ignorancia.



Los que tenemos la suerte de compartir la vida con mujeres salvajes aprendemos a convivir con la incertidumbre de que no nos pertenecen, cada minuto con ellas es un regalo, y vivimos llenos de gratitud de ser testigos de semejante poderío. Como quien ve una estrella fugaz, la copa de los árboles agitándose, o brotar el agua de la roca dura y no intenta asir o poseer estas manifestaciones de la gracia divina, compartir la vida con estas mujeres es un acto de amor y respeto por la naturaleza misma, por su sabiduría y por sus expresiones más íntimas y genuinas. Y cuando, un buen día, siempre hay un buen día, estas mujeres paren a nuestros hijos e hijas, los niños y niñas de la Tierra,  y cuando son criados en el amor, la libertad y el mismo salvajismo saludable y libertario, uno tiene la sensación de formar parte de una manada de seres humanos libres y nuevos y frescos y a gusto como arbustos, uno descansa en la sentido de la Tierra, uno retorna al Edén e, instintivamente, busca la forma de extender y de facilitar y propiciar esta forma de criar humanos en libertad. Hombres y mujeres salvajes, hijos e hijas de la Tierra Madre.

Gratitud y Amor

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