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martes, 11 de febrero de 2014

Shirodara. Un masaje para perder la cabeza.


Hoy he estado en la Yogasala, en la pequeña salita de terapias, cada vez que voy está más acogedora, más cálida.    La estatuilla del Buda Parinirvana, un Buda dorado, recostado, la cabeza apoyada sobre la mano de un brazo flexionado, el cojín debajo del sobaquillo, con una posición que siempre se me antoja playera, como de estar tumbado en la playa viendo pasar al personal, me invita a pensar que puede ser la muerte un tránsito hermoso. Si el Buda pudo morir en esa posición y pasar plácidamente al Nirvana, cualquiera puede, como poco, entrar en este pequeño y acogedor espacio y tumbarse en esta camilla que ya está preparada, receptiva y tierna de tanta carne estremecida, de tanto aceite derramado, de tanto amor encariñada, y perderse durante un buen rato en las manos de Antonio, en el tibio aceite medicado, en el sanador abrazo del Ayurveda. Ya había recibido otros tratamientos ayurvédicos, de manos de Antonio,  de otros terapeutas, e incluso yo mismo me aplico con frecuencia el automasaje Abyanga, una versión aceitosa de las friegas de mi abuela, pero nunca había experimentado el shirodara, un antiguo arte que consiste en derramar un hilo de aceite cálido y aromatico sobre la frente desnuda.




Tumbado boca arriba, con una cinta de algodón rodeando la cabeza y anclada en las cejas para evitar que el aceite derramado pase a los ojos, el cuerpo desnudo envuelto en toallas y mantas, intentado no pensar pero sin conseguirlo, llevando la atención al cuerpo, a la respiración, intentando aflojar un poquito, entregarme a la experiencia. No es tan fácil como decir "venga me relajo", y ala, ya está uno relajado. A veces cuesta, y precisamente en estos momentos, justo cuando todo está listo, montado y armado para que te relajes, justo te tumbas y empiezas a hacerte consciente de las tensiones, el cuerpo, alguna palpitación, como un diminuto corazón escondido en algún punto entre el omóplato y la columna, alguna emoción indefinible marinándose en el abdomen, algún nudo de saliva atorando la garganta, y un par de pensamientos, quizá tres, arremolinándose entre los parietales. No es un mal comienzo, es lo que hay. Miro de reojillo al Buda muerto y parece que me sonríe y me dice "relájate ya, mamoncete". Las manos de Antonio, el primer contacto, su tibieza y su dulzura, me ayudan. Me ayudan también exhalar por la boca y soltar el cuerpo. Me digo a mí mismo "ríndete, ríndete, ríndete", y me rindo. La suerte está echada. Sólo necesito abrirme a lo que venga, abrazarlo, sentirlo, y por supuesto renunciar a tener una opinión, o una comparación, para cada bendita cosa que vaya sucediendo, sumirme en el silencio, dejarme hacer, recibir, descansar.

Parece mentira que este chorro de óleo templado derramándose sobre esta cabecita mía pueda suscitar tantas sensaciones, tan dispares, tan extrañas e inquietantes algunas, tan placenteras otras. Realmente al principio me cuesta centrarme, algo en mí se tensa, se resiste, me hormiguean las manos, y siento un verdadero remolino en mi estómago. Ya sé lo que es, a veces me ocurre mientras medito, en ocasiones, esta agitación me sobreviene en los momentos de quietud, es algo así como el dolor un mal sueño, la angustia sin nombre que a veces, súbitamente, azota este corazón inocente. Lo mejor, ahora que esta desazón me visitó tantas veces lo sé, es darle la bienvenida, dejar que duela y respirar, dejar que me traspase y respirar, seguir respirando, soltando, rindiéndome.  Las lágrimas acuden a limpiar los ojos y el corazón, a llenarme con una luz brumosa. El aceite sigue chorreando por la lustrosa frente, y cada vez se siente más rico, la angustia disolviéndose, desaguando en el recipiente de metal. Cuando la agitación se desvanece, es sustituida por oleadas de arrobamientos, de llantos huérfanos y alientos entrecortados. En algún momento el aceite se siente frío durante unos segundos, y es un alivio, la cabeza se llena de claridad, se aliviana y la respiración se hace profunda y refrescante.  De nuevo el aceite tibio. Distensión.

Después viene un masaje, por todo el cuerpo, las manos son rápidas y fluidas, lúbricas, vienen a poner orden, a vaciar, a drenar, a amasar y a restaurar, también a aterrizarme, menudo viaje. Me siento ligero como la brisa pero aturdido, sacudido por dentro. Había venido aquí a limpiarme, a despejar la azotea, que era lo que prometía este masaje, y casi pierdo la cabeza; lo que no estaría mal por otra parte. Al menos vaciarla, dejarla hueca y vibrante como un cuenco tibetano, vacía y fresca como las playas en invierno, un día radiante de intenso sol de mediodía.

Después de la ducha me siento esponjoso y ligero, un poco desnortado, cuajadete e inoperante, pues soy incapaz de encontrar ni la cartera ni el móvil, tan imprescindibles de vuelta en el mundo. Creo que me durará aún el colocón, de modo que nada, a andar despacito y a seguir sintiéndome, vibrando, respirando, que no es poco.

Muchas gracias, Antonio, me verás seguido. 

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