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jueves, 31 de mayo de 2012

Amor de niño chiquitillo.



Se ha oído siempre hablar del amor de madre como paradigma del amor desinteresado y la entrega sin medida, del amor de padre se ha dicho más bien poco, no sé si porque no se percibe el amor que destilamos los hombres, o porque no nos lo hemos currado demasiado a lo largo de los últimos 3000 años, pero de lo que jamás se oye hablar es la forma en que nos aman nuestros hijos. Me sorprende que haya tan poco escrito o hablado sobre esto, teniendo en cuenta que muchos de los grandes poetas, guionistas y productores de la historia, han sido, y son, padres o madres legítimas.

Una de las glorias y dichas de mi día, quizá la más grande y rotunda bocanada de aire fresco y puro que recibo de la vida, es el amor profundo, abierto, limpio, libre de juicios y expectativas de mi hijo Rama. Jamás me he sentido amado como me siento amado por él. Cuando me abraza y me besa, cuando me recibe en casa después que hace rato que no me ve. Siento tanto amor, tanta ternura de su parte que todo mi ser tiembla de amor y ternura por él. Se puede sentir, en su pequeño y blando cuerpecito una radiación prístina, una fuerza poderosa que late, pulsa con una intensidad enamorada que te traspasa la carne, te hace vibrar, me afloran las lágrimas cuando lo pienso.

Creo que cuando Jesús habla de ser como uno de estos pequeños seres, se refiere a esto, a ser capaces de amar de este modo, sin juzgar, sin expectativas, ser espontáneos y frescos y puros.

GRACIAS, HIJO, POR TU AMOR

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