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domingo, 14 de marzo de 2010

A PROPÓSITO DEL ZEN



El Zen es algo que no puede definirse, al parecer, según he entendido al leer un par de libros que han caído en mis manos recientemente. Existen muchos diálogos (o mondos, como ellos los llaman) entre discípulos y maestros. La mayoría empiezan diciendo, ¿Qué es el Zen?, o, ¿Cuál es la naturaleza del Buda?, y a estas preguntas les siguen unas respuestas donde la lógica y el sentido común brillan por su ausencia, del estilo de estas: El gato ha subido al poste, Vuelve dentro de tres días, ¡Qué magnifica montaña!; o simplemente el maestro levanta un dedo, o se da media vuelta y se pone a mirar la pared. Con esto, los maestros pretenden derribar la alta muralla del intelecto, que nos impide ver una Verdad que sólo puede vislumbrarse a través de la intuición, con los ojos del corazón; así, también dan a entender que el Zen que puede ser expresado con palabras no es el Zen verdadero. Estos diálogos absurdos no siempre tienen éxito. Algunas veces los discípulos les replican, ¡Qué gato subido al poste ni  qué ocho cuartos! ¡Yo te estoy preguntando por la naturaleza del Buda! , no quedando al maestro otra opción que darle un garrotazo decontracturante; en cuyo caso el discípulo se va peor de lo que había venido: sin repuesta y apaleado.  Aunque también de los hay que se iluminan a base de palos y duros trabajos;  pues, al parecer, la impotencia y la rabia que provocan la humillación y el trabajo extenuante pueden conducirnos al despertar. Con una buena dosis de ecuanimidad y paciencia, uno puede encontrar en las tareas más sencillas la puerta del Zen, la realización absoluta en cada monótono y domestico quehacer. Esta forma de vida que es el Zen, propone alcanzar la iluminación yendo al mercado, en medio del bullicio. En el centro de esta azarosa existencia, en el trajín de los días, o en el remanso de la noche, entre los fogones de la cocina, o pasando la fregona, respira, escucha el rumor de los objetos, siente el roce de la ropa, pisa el suelo y alza el pie, un pasito y luego otro, no hay nada que entender, tan solo estar presente, sin estar, simplemente ser, eso es todo. Silencio.

Me gusta esto del Zen. Me parece una opción realista y sincera. Nunca me convenció eso de retirase del mundo, esconderse en una cueva remota y perdida. Eso es pura evasión. Ahí no se puede alcanzar la iluminación. A lo sumo, puedes alcanzar un ensimismamiento apaciguador, sedante; sentarte bajo un árbol con los ojos vueltos hacia dentro y emborracharte de ti mismo, olvidado del mundo. Pero después, como hizo el Buda, has de bajar al mercado. Para ver si eres dueño de ti mismo y no te pierdes de nuevo entre el gentío. O, como dijo aquel monje, Si crees que estás iluminado, vete una semanita a vivir con tus padres. Tenemos que iluminarnos aquí, en todo el tomate, en el trasiego incesante de los que van y los que vienen, de los principios y los finales de mes, entre las cuestas de enero y los bajones posvacacionales, entre audiencias y querellas, divorcios, multas y otros papeleos. Es aquí y ahora donde debemos iluminarnos (o, al menos, no volvernos locos).
Busca entre el gentío la sonrisa redentora, mira la lluvia que moja las aceras, haciéndolas brillar; siente el viento frío, las mejillas sonrosadas del invierno, el humo de las castañas; no hay nada más, no hay nada oculto, es todo lo que hay. Despierta.

Aunque bueno, todas estas cosas…, ya se sabe. Se lee uno estos libros, y resultan tan inspiradores; uno siente como se enciende una llama ahí dentro, algo que dormía en lo más hondo es traído a la luz. Cierras el libro, aún entre tus manos, y te sientes más sabio, más bondadoso. Sales por la puerta y sonríes al vecino; piensas que él también está iluminado. De repente, aparece tu casero para hablarte de la subida del alquiler; en ese mismo instante suena el móvil. Es tu madre; llevas dos meses detrás ti para que le pintes el dormitorio; ni se te ocurre contestar. Caes en la cuenta de que es el último día para entregar aquella solicitud y aún tienes que ir al banco (¡ojalá hayan ingresado!) y recoger el coche en el taller. En fin. ¿Cuál es la naturaleza del Buda? ¡Yo qué sé! ¡Yo qué sé!

Zen. Me gusta como suena.

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