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domingo, 3 de enero de 2010

Constelaciones familiares. Málaga 13 de febrero.




Conocí a María Ulacia a principios del año recién pasado, en Buenos Aires, en su consulta. Yo no tenía ni idea de qué cosa pudiera ser esto de las Constelaciones Familiares, sólo sabía que me encontraba junto a mi pareja, Carolina, resolviendo algunos asuntos familiares y veníamos necesitando ayuda. Al papá de Carolina le iban a colocar un triple bypass en las arterias coronarias, lo que significa una operación delicada, que deja cicatrices similares a la de recibir un hachazo en el pecho. Así que Carolina se aventuró para Argentina, tras ocho años sin visitar su país, con la preocupación de una hija y el ansia del retorno. Muchas cosas pasan en ocho años. El caso es que Carolina se encontró con alguna que otra sorpresa, la cosa se complicó y tuvo que quedarse más tiempo, de modo que tras un mes de estar separados por el vasto océano, decidí cruzar el charco y tenderle una mano voluntariosa a mi compañera del alma, que buena falta le hacía. Con la familia, que tanto tiene de pasado, ocurre, a veces, que tiras del hilo del reencuentro y se te desmadeja el alma. Cosas que pasan. Así que allí estábamos los dos, en un fregado familiar peliagudo, sin mucha idea de cómo manejar el asunto sin tirarnos de los pelos, ni volvernos locos. Un buen amigo nos habló de María Ulacia y de sus buenas artes para esto de los follones genealógicos y decidimos ir a verla. Ninguno de los dos sabíamos muy bien a lo que íbamos ni de qué manera podría esta mujer ayudarnos. No sé muy bien cómo contar lo que allí sucedió sin faltar a la confidencialidad que le debo a mi pareja, de modo que daré cuenta del repaso que llevé yo personalmente, sin comerlo ni beberlo, cuando de repente, en medio de una consulta que estaba, en principio, a esclarecer la situación familiar de Carolina, María dirigió su atención hacia mí y me hizo una pregunta y una sugerencia. Quería saber qué hacía yo con mis manos (me dedico a la terapia manual) y la sugerencia que me hizo fue que debía dedicarme a alimentar a la gente (la cocina es mi gran pasión). Aquello me descolocó un poco; primero, porque no fuimos allí para tratar de mis asuntos personales sino la urgencia familiar de Carolina, segundo, ¿cómo supo esta mujer, que no me conocía de nada y sin venir a cuento, poner con tanta exactitud el dedo en mis dos ejes de rotación, mis manos y la cocina? Como dicen por allá, me “saco la ficha” al momento. Le dije que era masajista y que me encantaba cocinar para los demás; y en un par de preguntas más estábamos hablando de mi relación con el dinero (una delicada llaga donde me caben un par de dedos). Le conté que siempre me había sentido atraído por el ideal de pobreza cristiano, que sentía que era hermoso y noble renunciar a todo por amor. No tardamos mucho en llegar a mi historia familiar favorita; la de mi bisabuela materna Frasquita, a quien conocí siendo un niño y a quien recuerdo con especial emoción porque siempre que ibamos a visitarla me endiñaba un billete de veinte duros que me deshacía de satisfacción (por lo general ya era raro pillar una monedilla de cinco). Frasquita era de baja estatura, cojeaba y tenía un dulce rostro, tierno y encantador, que exhibía un lunar del tamaño de la huella de un pulgar justo en el entrecejo, al modo de las deidades hindúes. Años más tarde, después de su muerte, conocí la historia de Frasquita. Había nacido en el seno de una familia muy bien acomoda. Hija de terratenientes, en la provincia de Antequera, yo la visualizaba perfectamente asomada a la reja de la hacienda, con señoritos a caballo que venían a cortejarla, y ella cerrando la ventana desdeñosa. La llama de su corazón ya ardía de amor por el que llegaría a ser mi bisabuelo, José, un tipo excéntrico que tenía la suerte de no tener un duro y un corazón de oro que derrochaba bondad y generosidad. El caso es que Frasquita se enamoró perdidamente de este José que también la amaba. Su familia no aceptaba la relación, pues querían para ella alguien de su alcurnia y con algo más de dinero en los bolsillos. De modo que Frasquita eligió el amor, y su familia la desheredó; por tanto, eligiendo el amor, eligió también la pobreza.
A mí esta historia siempre me pareció muy romántica, y era algo de lo que estaba (y estoy) orgulloso, descender de alguien capaz de renunciar a todas las riquezas por amor. Pues bien, María Ulacia me hizo ver que esto me había conducido a través de tres generaciones a desarrollar una visión negativa hacia el dinero. Mi familia se había estructurado en la pobreza, no sólo materialmente sino que mentalmente, también habían relacionado el dinero como algo contrario al amor y la felicidad. Esta era mi herencia, un círculo vicioso en el que el deseo de prosperidad se veía enfrentado a la ética de un amor desposeído basado en la renuncia. Pero la cosa no quedo ahí, María me condujo hacía mi bisabuela; indicó a Carolina que se pusiera en pie y dijo que ella sería mi bisabuela, le hizo pronunciar unas palabras, eran sencillas palabras de bendición, y de repente Carolina ya no era Carolina, sino esta Frasquita dulce y entrañable que me regalaba billetes de veinte duros, era mi bisabuela que me bendecía y me reconciliaba con la prosperidad, con mi derecho a ser prospero sin renunciar al amor. Ciertamente Carolina no era Carolina, fue un reencuentro con mi bisabuela real y tangible, no una metáfora de ella, no una representación simbólica de su figura y de lo que representaba para mí, sino que conecté en lo más profundo de mi ser con la parte aún viviente de mi bisabuela en mí. Cada una de las células que componen mi cuerpo guarda, en su núcleo como un tesoro, un recuerdo vivo y llameante de todo lo que fue y es esta gran mujer. Sentí como en mi ADN, encerrado en los núcleos de los billones de células que me constituyen, ardía la raíz viva y presente de mis ancestros. Lloré como un niño en los brazos de Carolina, mi alma se sentía ligera, libre y fresca como la brisa suave en una mañana soleada de invierno. Alguien podrá llamar a esto sugestión, o delirio de la percepción. Qué me importa. La paz que sentí y que, al escribir esto, siento, no necesita de aprobación ninguna, tan sólo el deseo de extenderse a todos los corazones sedientos de sosiego.
Me gustaría, ahora que María Ulacia nos visita el próximo mes, que todos pudieran beneficiarse de su terapia. Esta mujer es un ángel del cielo que no hay que dejar pasar. Todos llevamos un peso arrastrando. El dolor, la indeferencia, el desprecio, la humillación, el abuso, la exclusión, la violencia, la frustración, el desamparo, la culpabilidad, pesan sobre nosotros, dentro de nosotros, grabado en nuestra memoria genética. Cada una de nuestras células, cada órgano vital, el centro de nuestro ser, clama pidiendo paz.
He oído, a propósito de las disciplinas integradoras como el yoga, que liberando el cuerpo se libera la mente, y puedo confirmar que es cierto, hasta donde practico y he llegado a saber, que liberando las tensiones del cuerpo se relaja la mente, estando tan estrechamente unidos como están estos dos ámbitos del ser. Pero creo que no habrá liberación posible, total y definitiva, “como una dulzura resbalando por la venas”, hasta que todo este dolor residual, antiguo y ancestral, forjado tras siglos de guerras y sueños asesinos, no sea redimido del fondo mismo de nuestras entrañas, del rincón último de la carne. En tanto no seamos capaces de perdonar, de ver en nosotros la inocencia a través del perdón, perdonándonos a nosotros mismos; mientras no podamos mirar a los ojos a nuestros padres y ver en ellos la misma inocencia que poseyeron siendo niños; mientras quede en nuestra mirada un mínimo atisbo de rencor o de remordimiento, no habrá liberación ni paz posibles.
En fin, ahí queda trabajo por hacer. Desde aquí recomiendo a todos que asistan a este taller con María Ulacia, es un tesoro para compartir.

Málaga, 13 de febrero
calle Moreno Monroy 5, 3º A
Comentarios:

rafa,


es un placer leerte. escribes desde el corazón y con sincera sencillez, quizas es tu tercera habilidad.


me apunté al taller el otro día, desde la confianza que me da que lo organice Joaquín y desde la experiencia de haber vivido la sorpresa de un taller de constelación familiar, en el que, como tu dices, no sabía bien que era o en que consistía y en el que vi que quién era dejaba de ser quién era para ser el ser de quién representaba. la magia o sugestión estaban presentes.


asi que el trece de febrero participaré en el taller y confío en que el conocimiento de María Ulacia y la energía de todos los que asistamos haga posible que todas vivamos una experiencia de sanción que permita que la "dulzura corra por nuestras venas".

sonrisas


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